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Cuando Virginia Woolf...

Visitas: 566   Votos: 1 
Por: Juan Manuel Candal | Publicado el: 23 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina
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Cuando Virginia Woolf desató la cinta azul
Susana Sisman
(DelDragón, 2010, 304 págs.)

La novela de Susana Sisman retrata el último día en la vida de Virginia Woolf, aunque esto es, en parte, reducir el libro, ya que las referencias y los viajes al pasado son constantes. El objetivo es el de retratar la desesperación de la autora devenida en personaje, su permanente lucha con la insania y su trágico final, siempre con el trasfondo de la segunda guerra mundial.

No es tarea fácil meterse con un personaje real. Más complicado todavía es narrar muy de cerca la subjetividad de una escritora tan conocida y peculiar como Virginia Woolf. Los riesgos más obvios son caer en la caricatura, en el dato inútil, en buscar la legitimación por el lado de la rigurosidad fáctica. Afortunadamente, Susana Sisman se las arregla para salvarse con cierta elegancia de estos apuros.

También es cierto que hay otros problemas con esta novela. Por empezar, en lo que uno supone un intento de apostar a un comienzo narrativamente dinámico, Sisman se pierde la oportunidad de fertilizar el terreno de la novela antes de que aparezca la protagonista, lo que hace que su salida a escena sea una apuesta demasiado fuerte. Vale la pena pensar cómo se podría haber abordado esta novela desde la literatura inglesa: no es difícil imaginar unas cuantas páginas destinadas únicamente a describir el momento exacto en tiempo y espacio, una descripción visual, olfativa y táctil del momento y el lugar, retrato que logre extrapolarnos de nuestra realidad para adentrarnos e imantarnos en esta otra. Sin embargo, al prescindir de este trabajo, el libro nos presenta a una Virginia Woolf que es ella por imposición. Es decir, porque Sisman nos dice que es ella, porque el personaje es nombrado como Virginia Woolf. Y de ahí deriva un segundo problema con dos instancias: cómo habla Virginia y cómo piensa Virginia. Los patrones de su lenguaje son extraños, mutantes. Emparentados en la voz narradora, la figura omnipresente es la de Sisman, no la de Woolf. La sensación podría ser por momentos la de estar leyendo una traducción, pero de repente Virginia pasa de hablar en un español seudo ibérico a alguna que otra salida propia de una escritora de San Isidro. Más aún que en los diálogos, el problema se hace notorio en los patrones de pensamiento. Volvamos una vez más sobre la premisa: el retrato de Virginia Woolf, su talento, su locura, su amor por su marido, el grupo de Bloomsbury, su suicidio. Sin embargo, todos estos elementos suenan, en la primera mitad del libro sobre todo, más a conjeturas de Sisman queriendo meterse en la piel de Virginia, que a la propia autora de “Orlando”. Podría pensarse que no hay otro modo de abordar la literatura, después de todo, el autor siempre está conjeturando el mundo de sus personajes, y por ende, el mundo. Y ahí está la trampa a la que se expone la autora con novelas como esta.
Es lícito preguntarse cómo podría haberse encarado semejante proyecto, o si acaso es posible hacerlo de otro modo. ¿Es posible recrear un personaje histórico-literario, transmitir su humanidad errática, sus luchas internas, sin que la empatía se vuelva un obstáculo? Tal vez una mayor distancia entre autor y personaje hubiera dado como resultado un narrador más creíble. Lo que aparece en “Cuando Virginia Woolf desató la cinta azul” es un híbrido y, desde éste lugar, se podría pensar otra novela —otra apuesta— sobre la imposibilidad de no emparentarse con el personaje. Tal vez ese libro hubiera sido mucho más interesante.

Pensemos un momento en la literatura vernácula. ¿Quién podría escribir una buena novela sobre la vida de Borges? ¿Quién podría novelizar a un Fogwill? ¿Piglia? ¿Alan Pauls? Tomando el caso de Fogwill, puede pensarse que sería indispensable que quien aborde una novela sobre él tuviera una mirada tan inteligente y tan cínica como la del autor de “Los pichiciegos”, pero también lo suficientemente desapegada para no perder de vista que el Fogwill-personaje es en realidad una entidad imposible de retratar y que la aproximación no puede verse invadida por una sensación de extrema cercanía, porque de otro modo el retrato de otro termina siendo el retrato de uno mismo.
Es importante dejar en claro que de ninguna manera se puede decir que se trate de una mala novela. Estructurada de forma ordenada, más tendiente a lo formalmente probado, es el tipo de ficción que un profesor de taller literario comentaría con el término “Funciona”. Y es que la novela funciona. Sobre todo en sus momentos de más álgida humanidad y desesperación. La narración es prolija, y seguramente su entramado temporal y psicológico sea más que suficiente para muchos lectores. Incluso algunos la encontrarán deliciosa.

En el caso de los lectores a los que les guste bucear en una literatura más arriesgada formalmente, probablemente no encuentren en el libro de Sisman el mejor de los caminos. Volviendo al ejemplo de Fogwill, ¿no invita el arrojo literario de Virginia a un atrevimiento similar, aún a riesgo de faltarle el respeto a la persona en pos de la entidad del personaje? En este caso, invariablemente, queda expuesto el autor como personaje y no el personaje como creación del autor. Y esta paradoja quizás, en una perversa vuelta de tuerca, sea la mejor excusa para pasearse por las páginas de “Cuando Virginia Woolf desató la cinta azul”.


Publicado en Leedor el 28-09-2011

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Comentarios
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juan bencazar
Señor Candal. Su nota es de veras buena. Ahora, para qué molestarse en una novela sobre la no vida de Borges? O la mullida comodidad de Piglia? Hay otros escritores y poetas algo más interesantes para recorrerlos biográficamente como Juan L Ortiz o Antonio Di Benedetto juan bencazar



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