08 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina | Soy de Argentina
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Fogwill (II)

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Por: Sebastián Russo | Publicado el: 08 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina
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Murió Fogwill, y sigo sin percatarme del todo (difícil asimilar tanto ardor extinto) Parva de cobardes textos como este, que hablarán de su incansable gesta provocadora, de su cocainómano pichiciego, de la idolatría que los jóvenes proto-díscolos le dispensaban, se estarán escribiendo ahora mismo. Ya sin su aterradora presencia, muchos nos animaremos a jugar a “ser Fogwill”.

Fácil, rápido, podríamos decir (y sin equivocarnos) que “el tipo murió en su ley”. ¿Pero cuál era esa (su) ley? La de discutir, precisamente, “la” ley, la norma, la costumbre. Tarea ardua, la vida se le fue al tipo en eso. 69 años. Farragosos y obcecados 69 años pudo soportar tal pulsión (y como no decir que no podía morir en otra edad, en una menos sexuada: murió en pleno 69) Ardua tarea de urdir la excepción, hecha desde la palabra (y desde su cuerpo, como escenificación de sí mismo: su cuerpo, su último/primer gran texto), tensionando la palabra, las palabras, y su asociación esperada/esperable con las cosas, en lucha trágica, imposible de abandonar. Con la obstinación de quienes invadidos por una (la) peste, la de descubrir que esa unión (palabras/cosas) es arbitraria, construida por los poderes, no pueden dejar de contagiarlo todo, haciendo tajos (tal la patología fogwilliana) en la Gran Costumbre. Trágico gesto del enfermo que aunque no lo desee (y no era su caso) infecta todo a su paso (y pobre del que sea inmune a esta enfermedad, nada se puede esperar ya de alguien así)

Vivía en el departamento lindero al de mis padres. Sí, fue in-concebible (enfáticamente: in-creíble) enterarme que a donde ellos se habían mudado post nido-vacío, puerta de por medio, vivía Fogwill. Lo sabía, pero aun no lo había visto, hasta que mi viejo, en el balcón, y mirando por sobre mis hombros, dice “mirá quien está acá… un fanático tuyo, se leyó todos tus libros”. Me doy vuelta, maldiciendo por lo bajo, intuyendo que si iba a haber alguna relación con quien efectivamente había leído, y de quien había adquirido sino un fanatismo, una adolescente suma referencia (sociólogo renegado, polemista irritante, furibundo, poeta urticante, una combinación que me permitía discurrir por la facultad de sociales con emulado, simulado, gesto pendenciero, vital) En el instante de girar los hombros para encontrarme con el maltrecho cuerpo de Fogwill, ya sabía que si habría en el futuro alguna relación con él (y no me equivoqué) iba a ser demasiado difícil remontar ese risueño y anulante gesto de mi viejo. Y así fue.

Ya no temeré arrimarme a la puerta de la casa paterna, que era arrimarme a su puerta, y encontrarla entreabierta, o que fuera abierta intempestivamente, y tener que responder a una pregunta, un comentario nunca esperable, nunca obvio, de ocasión, de esos que utiliza todo vecino normal. Ya no pispearé el interior de su auto, tratando de ver no solo qué libro estaba allí arrojado (siempre había alguno, y arrojado), sino los objetos desordenados, rotos, sucios que componían una suerte de mapa indentitario sobre los modos, prácticas, descuidos del gurú.

Ya no. Murió Fogwill. El inmortal, el indómito, el indestructible Fogwill, murió. Y debo decir que no me entristece, sino que me compromete. Me obliga. A trabajar. A seguir trabajando.

El tipo no paraba de laburar. Laburaba, fundamentalmente, de sí mismo (en su escritura siempre autoreferencial, y fuera de ella, pero es que ¿había un afuera de su escritura?, su yo expandido estaba siempre protagonizando una –su/la- ficción) No paraba: era Ser y Apariencia, producía y era producto de su propia producción. Su legado es ese, el de la doble succión sesentaynuevense: arriba y abajo, y al mismo tiempo.

Murió Fogwill. Y empezarán a llover homenajes, se aglutinarán obituarios, se re-editarán libros. Pero no nace un mito, en tal caso nace otro, ya que él se encargó de engendrarse mítico en vida. No muchos tienen tal descaro. Su vitalismo corrosivo infectará apenas se susurre su nombre/martillo-de-buenas-conciencias: Fogwill.

Murió. Su espectro allí estará, acosando las buenas costumbres. Por nuestro bien, no habrá que dejar de invocar su fantasma para que siga propalando peste.

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