08 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina | Soy de Argentina
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Fogwill

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Por: Ramiro Sanchiz | Publicado el: 08 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina
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Parte mínima de un requiem por Fogwill


Posiblemente ahora que no podrá ser más él, que no podrá desconcertar con una charla improvisada, ahora que, como dijo Mallarmé de Poe, sus vuelos se circunscriben al mínimo espacio que queda entre la losa y el suelo, ahora que no podrá desafiar en la inmediatez, ahora empezarán tantos idiotas a elogiar a Fogwill, a decir que apreciaron siempre su obra y que su muerte es una pérdida para la literatura de Argentina, del Río de la Plata, de América Latina y quién sabe qué más. Lo mismo le pasó o le está pasando a Mario Levrero, o a Julio Herrera y Reissig, otro provocador genial u otro genio provocador, de quien todavía se dice que su obra es una maravilla de inspiración verbal y formal pero que sus “contenidos” (como si los tuviera la poesía) revelan una vida chata de boludo montevideano que jugó a ser dandy sin que le vinieran las cartas a la mano. Y lo cierto es que la muerte sí vino a imponerle el punto final a la obra de Fogwill y a convertir en ficciones –es decir, en cosas de libros– todos esos comentarios (“odio a Piglia”, “Pauls es un perdedor”, por citar los más inmediatos –porque los dijo en su última entrevista, o en una de sus últimas entrevistas, para el periódico montevideano La diaria) o leyendas, como que recordaba su primera erección (a los 2 años), que escribió Los pichiciegos a lo largo de 12 gramos de merca, que es como decir que saludó uno por uno a los doce apóstoles y tras estrechar la mano del último se tomó el expreso de la cruz y terminó de escribir la novela más relevante de la década de 1980 en la Argentina; leyendas como su nacimiento para la escritura a raíz de haber ganado un concurso de cuentos organizado por Coca-Cola con “Muchacha punk”, otro acto fundacional, otra invención de un lenguaje hasta entonces inédito que sería luego el de Bolaño, que luego sería el de todos nosotros, los que estamos de Fogwill para acá, sabiéndolo o no.

Porque de alguna manera Fogwill fue un extraño que desembarcó en ese tonto mundillo de la literatura pensando en cómo podía cagarlos a todos, robarles el dinero, las mujeres y las drogas y reventar(los/nos/se) de risa; el que lo haya logrado entregando de paso libros brillantes sólo pone en evidencia su inteligencia y por qué no decir su genio. “El hombre que sabía demasiado”, lo apodó Elvio Gandolfo en el prólogo a su reciente Cuentos completos, y es una manera feliz de aludir al autor de En otro orden de cosas, que nunca deja de agitar ante las narices del lector su inteligencia o de hacerte entender que está tramando malabarismos con mil naranjas y que no se le cae ninguna, que ha leído mejor que vos, que entiende lo que vos apenas llegas a presentir como una picazón en la nuca (y lo que hay que entender es que no hay nada más que palabras y la pretensión –o la capacidad de hacer creer que se sabe). Entonces, donde otros lo harán como una pose o repitiendo lugares comunes, Fogwill apuesta y muestra las cartas; retruca, quiere vale cuatro o póker o escalera real, y allí está la maravilla, “Help a él”, te cagó, “La larga risa de todos estos años”, te cagó una vez más, porque dónde habrá ejemplos más deslumbrantes de qué se puede hacer con las palabras en esta era de caos orquestado para la banda sonora de los aeropuertos.

Fogwill, además, ha dejado claro una y otra vez que el saber está en ruinas y que quien lo ordene deberá saber convencer, actuar, representar(se) y acorazarse de paso, como un hipotético guerrero mágico al que todas las dagas que lo ataquen no harán otra cosa que concurrir a su armadura. Esta verdad, dijo Fogwill, es la que ganó (porque yo la hice ganar), y por eso es lo que hay, como se ha repite con desgana y desilusión en la Montevideo que lo mató con su frío polar, húmedo, el mismo frío que mató a tantos o que no deja de matarlos. Porque hay algo de rúbrica o de adorno final de su firma en que Fogwill se muriera tras visitar Montevideo, invitado por un congreso tan tonto como todos; hay una historia que espera, una épica, otra leyenda.

¿Quién fue Fogwill, ahora que la respuesta podrá ser propuesta porque su paseo se detuvo y por lo tanto se habilita la creación total de una ficción? ¿El sociólogo que invade la literatura, el autor desbundado, el provocador, el iconoclasta, el bufón de dolorosa lucidez, el último hombre cuerdo en un mundo que se ha rendido ante lo políticamente correcto y el lenguajse rengo que vacila en nombrar y no para de exhibir eufemismos de debilidad asombrosa, el detector infalible de clichés y de estrategias para no pensar, el último punk de verdad (basta de punks veganos y activistas de los “derechos humanos”, esa especie de redundancia), qué más? ¿Quién quedó cuando murió Fogwill, ahora que se lo puede inventar y reinventar? ¿Cuántos son? ¿Quién les dará sus nombres o los guardará en compartimentos accesibles para los que, al contrario que él, no quieren pensar? ¿Quién suspiró aliviado? ¿Quién asintió con los ojos cerrados, recostándose en su sillón? No importa; la literatura perderá al final, como dijo Bolaño en “Derivas de la pesada”, pero mientras tanto habrá que trabajar mucho para erosionar esos Cuentos completos o Los pichiciegos o En otro orden de cosas o Lo dado. Y por ahora, detrás de esa barrera, podremos dedicarnos a pensar en serio a Fogwill; en serio, es decir, riéndonos con él de los que dicen saber, riéndonos con él de tanta estupidez.


Publicado en Leedor el 23-08-2010

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