04 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina | Soy de Argentina
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Aqui Cosquín 2010

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Por: Florencia E. González | Publicado el: 04 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina
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Crónica de una celebración del Folklore

En el promocionado año del bicentenario, por esas cuestiones que los años relacionan, coincide con el cumpleaños número 50 del festival de folklore más mentado, televisado y seguramente más importante de la Argentina. Cumplir años en cifras redondas es una invitación a mirar desde la frontera, a tender un puente entre ayer y ahora. Es una circularidad que incita al homenaje, el recuerdo, a una celebración con lo nuevo y lo viejo, un hecho especial que estimula al análisis de mentes curtidas en el arte de la música y del folclore. No es el caso de esta improvisada cronista, quién por primera vez asiste a las afamadas lunas del Festival de Cosquín con ojos nuevos y algo lejanos por su prosapia porteña, condición netamente antagónica a la fiesta coscoína.

El espíritu de fiesta popular emana por todos los rincones y explota en el pequeño perímetro contenido en un puñado de cuadras. Allí se despliega la menesunda poética musical y danzante como un muestrario de la vida musical de las provincias. El escenario Atahualpa Yupanqui, visiblemente remozado en varias ocasiones para poder acompañar el crecimiento del festival, está marcado por el pulso de la multiplicación producida por la televisación, posible clave del éxito y permanencia de Cosquín como “Capital Nacional del Folklore”. La plaza Próspero Molina luce personalmente bastante más pequeña que en su versión virtual. Por otro lado, los bordes de la manzana y las numerosas peñas que se desarrollan simultáneamente - tal vez, los verdaderos pulmones del festival –, no gozan de ninguna trasmisión lo que imprime a esos espectáculos, un halo de “autenticidad” por fuera de cualquier escenificación mediática.

Así trascurre el día: los preparativos de los cuadros y el locro para la noche, sol a plomo por las calles, ensayos de sonido y grupos folklóricos regalando chacareras y cuecas por doquier - incluso a costa de “pisarse” unos a otros-, los cuerpos de baile vestidos de pié a cabeza en la vera del río Cosquín o en las inmediaciones de la plaza. Todo envuelto en el raro fulgor de la espera. La espera de las lunas, el gran momento del festejo.

22 horas en punto comienza la fiesta. Luego el rito de cada noche: la canción de apertura que repite “es un triunfo de paz, triunfo de paz”, las luces artificiales y una vez concluida la arenga y el alargado “Aquí Cosquín”, empieza el show ininterrumpido de 8 horas, posibilitado por un escenario giratorio. Decenas de artistas en escena, un desfile de figuras “consagradas” del folklore y otras ignotas o surgidas del Pre-Cosquín, institución satélite que promueve artistas jóvenes de todo el país, se suceden ante un público familiar, cara a cara con la música.

La afluencia de músicos y bailarines, las horas de show y su casi entera transmisión en vivo por TV, sostiene el argumento de los organizadores y presentadores de que Cosquín es “la fiesta más grande del folklore” o “la fiesta popular más grande del Mundo, sólo comparada con los mundiales de fútbol o las olimpíadas”. En ese despliegue, sobrevuela un aire extraño, algo autoritario, un poco democrático y muy popular. “La plaza” maneja, lo que los “expertos” llaman “el termómetro de la plaza”, juez y parte que a través de ovaciones, gritos y aplausos, decide bises, consagraciones, premios y tiempo que los artistas tienen para desplegar su arte. Es claro que la base de ese registro contiene un alto contenido de demagogia. Pero tiene de refrescante cierto grado – aunque pequeño – de imprevisibilidad y vértigo que se le imprime a cada presentación, algo así como lo que vulgarmente se denomina “magia” o lo que en idioma coscoíno llaman “los duendes: ¿Bajan o no bajan?”.

Cosquín arrolla, pasa por arriba en todo el sentido de la palabra, el concepto “folklore”. Es lógico que no le importe definirlo. Cosquín es el folklore. Corre por cuenta de los críticos y algunos espectadores la idea de que en el “folklore” haya lugar para la invención, la innovación o el riego. Sin embargo Cosquín lucha - o matiza - contra de la idea esencialista de repetir raíces antiguas.

Se permite escuchar un tango en la voz de una representante de Formosa, a un grupo qom semielectrónico Tonolec, al pop Luciano Pereyra, a internacionales como la bossa de Gal Costa o el trovador Pablo Milanés, además de otros nombres que se me escapan. El inefable y más popular de todos-todos, el “Chaqueño” Palavecino – nacido en Salta – también renueva la pregunta sobre qué es lo que se reproduce cuando en Cosquín se habla de “folklore”. Este gaucho mecánico que atrapa multitudes, hace la diferencia acudiendo al recurso de un cierto arcaísmo ficcional: hace su entrada en escena montado a caballo y recrea una escena campestre con chinitas de fondo, tomando mate. Sus chacareras vendrían a ser una evocación al igual que la literatura gauchesca de un conjunto de reglas tan artificiales como las de cualquier clase de música pero que la venta y su innegable presencia, lo consagra dentro del género folklórico.

Sin embargo, la polémica sobre qué es el folklore sigue siendo infructífera, aunque siempre resulta cómodo tomar partido por una hipótesis telúrica o por su contraria entre el voluntarismo arcaizante de los modernos, los reformistas, los fusionadores y los buscadores forzados de lo “auténtico”.

Es estimulante vivir la incomodidad que produce el folklore, precisamente por la encrucijada en la que se halla. En el incesante alternar de lo antiguo y lo moderno, en la mutua superposición ajena a cánones fijos, en sus normativas de reciprocidad y en las confluencias de espacios y tiempos.

El tiempo teje una memoria musical y poética que se torna viva, tangible bajo la noche de Cosquín. Algo “nuestro” se palpa en el aire, un golpeteo que nos remonta a una lejanía. No se puede negar que los géneros folklóricos atestiguan bagualas o vidalas que pueden verse como parte del legado americano, popular y autóctono, nutridas también con las poesías de Siglo de Oro español –como lo estudió Leda Valladares-.

Asimismo, la expresión que se sumerge en lo más profundo de su localía, se torna universal. Y lo logra en una instancia espacial depurada donde no basta determinar la provincia oriunda del artista, es necesario focalizar en el pueblo como una operación identitaria que marca a fuego al artista (“la Sole de Arequito”, “la santiaguiñidad de los Carabajal”) y también a los espectadores. Esos cruces espacio-temporales, que se comprenden y no, que se explican y no, se viven plenamente en Cosquín.

Como testigo extraña en medio de la multitud de la Plaza Próspero Molina, alguna sensibilidad al vuelo encuentra el punto justo de su exigente elaboración. Es que Cosquín en la simultaneidad de diversos planos, nos coloca de frente a la dificultad extrema de las desolaciones del presente en diálogo con el torbellino de un remoto e inespecífico origen.


Publicado en Leedor el 4-02-2010

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