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Carhué: Aguas que Curan
Por Gabriela Felitto Müller
En el límite entre La Pampa y Buenos Aires, en Carhué las aguas curan con las mismas propiedades del Mar Muerto. |
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Partí buscando descanso, algo para escapar del stress de la ciudad, del agite de la costa, del calor, del cemento. La llanura pampeana, en la vertiginosa vida hipermoderna significaba para mi sinónimo de descanso. Respondí entonces el llamado del Spa – Hotel Buenos Aires del 900, que llegó a mi agenda por azar, tan así que ya ni recuerdo cómo.
Simplemente buscaba conectarme con la naturaleza, con la calma, con eso que hoy nosotros, tan llenos de “todo” llamamos la “nada”, donde la creación se hace palpable en la salvaje vegetación, donde todo pareciera estar naciendo siempre. Y allí fui; justo ahí, en el límite de La Pampa y Buenos Aires donde se encuentran las termas de Carhué, las aguas que curan con las mismas propiedades curativas del Mar Muerto, poderosas, ricas en minerales. Antiguas aguas que forman la laguna Epecuén y que bañan la tierra de Carhué, tan rica en historia, mitos y leyendas como sus aguas. Tierra de Mapuches y Tehuelches; de la india Carhué enamorada de Epecuén y que al llorarlo, se deshizo en lágrimas dando origen a esta laguna que es hoy una bella medicina.
Según cuenta la leyenda, hoy se puede escuchar en el viento acariciando las aguas del lago, la voz de Epecuén llamando a la bella Carhué. Sin embargo, no termina allí la historia, o el mito, que cambia todo el tiempo según quién lo cuente. La naturaleza tiene sus espacios insondables, allí donde se confunden lo real y lo puramente mitológico. Porque así como sus aguas curan también por una mala maniobra humana, las aguas asolan con todas sus fuerzas. Y recuerdo de ello es la Villa inundada del Lago Epecuén, donde todo un pueblo quedó bajo las aguas un 10 de noviembre 1985 y que hoy, después de más de 20 años, aún puede visitarse por tierra y por agua en un “paseo” en lancha que nos permitirá recorrer las desoladas calles, las casas y complejos hoteleros abandonados, el viejo molino, las paredes quebradas, los marcos de las puertas y ventanas inexplicablemente de pie, el silencio como espesa bruma, los árboles blancos, secos y bajo el agua. Solo los flamencos y otras aves de aguas saladas rompen con su vuelo, la quietud del lugar y atraviesan las ruinas entre los reflejos del sol que nos parte la cara, en medio del silencioso desierto pampeano.
Carhué es memoria y añoranza, musa que inspiró a la cámara filmadora de Pino Solanas y al flash fotográfico de Marcos López, que retrató al Cristo de la Laguna cuando el agua todavía le llegaba hasta los pies.
La nostálgica y tranquila Carhué renace todo el tiempo, como quien ha pasado ya por varios naufragios. Por eso, Carhué cura como sus aguas y su gente ha creado allí una especie de centro turístico terapéutico de hoteles y spa termales; donde un descendiente del mismísimo Esteban Echeverría (autor de la “La cautiva” de 1937 que bien supo retratar el romanticismo de nuestras eternas llanuras) lleva adelante el Spa – Hotel Buenos Aires del 900 ubicado a sólo 300 metros del lago encantado y a punto de cumplir sus 80 años. Allí, lejos de la frialdad de los hoteles 5 estrellas, Juan Carlos Echeverría nos recibe con la calidez de quien sabe que la naturaleza, la historia y el arte son tesoros de un valor incalculable, porque allí expone también sus cuadros la pintora Irene Ciunel, quien retrata como nadie la adorable paz que se respira en el lugar.
Así entonces, entre el desayuno debajo de los árboles, los baños de agua termal, la fangoterapia, el silencio de la siesta y un buen vacio con papas para cenar, nuestra estadía se convierte en una combinación de rutinas y terapias de spa, de celebración, calma y disfrute; donde no faltan motivos para festejar con buen vino y Salud. Otra forma de sentirse cautiva, en la tierra del célebre poema épico del escritor argentino.
Carhué es el lugar inesperado, una caja llena de sorpresas, donde se entremezclan el arte, la historia, los mitos, nuestros ancestros, las huellas de nuestros artistas y la naturaleza irreverente y salvaje que nos demuestra que el placer llega allí, donde todo fluye.
Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.
“La Cautiva” de Esteban Echeverría. (Parte primera: El desierto)
www.buenosairesdel900.com.ar
Publicado en Leedor el 23-01-2009
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