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Buenos Aires, 13 de mayo de 2008
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Humo
Por Kekena Corvalán
Lo mal que estamos, pero lo bien que lo pasamos.
 
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Estoy ahumada, sofocada, irritada, molesta, llorosa, mocosa. Estas son las sensaciones que la atmósfera de Buenos Aires y los incendios en nuestras pampas -doquier campos y heredades- me generan en esta mitad de abril, las sensaciones físicas digamos, porque de las políticas mejor no hablar.

Pero siempre hay algo a lo que aferrarse para convertir este cielo demasiado denso en un valle de levísimas palabras, palabras que son otra forma de hacer humo pero más sutil, seductora y estimulante y con esa idea me convenzo de que no estamos tan mal.

Sí, vamos que lo tenemos, ya el humo que nos rodea empieza verse de otra manera. Pues con esta consigna me siento recordar humos literarios que pueden consolarnos con su carga oxigenante.

Primera cita, fuera de dudas, el cuento de Boris Vian, El amor es ciego.

El cinco de agosto, a las 8, la calina cubría la ciudad… Una ciudad que despierta con una densa niebla que se va imponiendo al punto de impedir la visibilidad. Una mujer que vivía en el número 22 de la Rue Saint-Braquemart dejó caer la llave en el momento de entrar en su casa, y no la podía encontrar. Seis personas, entre las que se contaba un bebé, acudieron en su ayuda…

Era como estar entre las nubes, y ya se imaginarán por qué el título del cuento. La gente termina desnudándose, total, nadie nos ve, y el sexo público y anónimo ya no tiene verguenza. Esto así contado es una pizca de nada al lado de cómo narra su historia el maestro.
Lo bueno es el remate del cuento, se los recomiendo.

Bueno, ya estamos mejor, ¿no? Hay cierta esperanza de que el humo nos deje vivir algo excitante, finalmente, en este fin de semana.

Segunda cita, y casi una contracara del humo, porque ya no es el humo que está afuera, si no uno peor, el que tenemos dentro, el Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Si alguien está buscando un libro que lo atrape y lo haga ver de otra manera, métase de lleno en esta historia de gente que no ve, justamente:

Hicimos de los ojos una especie de espejos vueltos hacia dentro,
con el resultado, muchas veces, de que acaban mostrando sin reserva
lo que estábamos tratando de negar con la boca.


Un mundo atroz, claro, a ver si estoy diciendo que ser ciego o ciega es poético. Máxime cuando se trata de un mundo de ciegos recién llegados, donde toditos (lean la novela mejor) nos volvemos ciegos así, de repente, en menos de lo que se chupa un espárrago.

No tienes miedo de que te la arranque de un mordisco, preguntó ella, Puedes intentarlo, tengo las manos en tu cuello, te estrangulaba antes de que me hicieras sangre, respondió él. Luego dijo, Reconozco tu voz, Y yo tu cara, Eres ciega, no me puedes ver, No, no te puedo ver, Entonces, por qué dices que reconoces mi cara, Porque esa voz sólo puede tener esa cara, Chupa y déjate de charla fina, No, O chupas, o tu sala no verá nunca más una migaja de pan, vas y les dices que si no comen es porque te negaste a chuparme, y luego vuelves para contarme qué ha pasado.

Sórdida, como la vida, pero estábamos en ponerle ganas al humo.

Tercera cita, que les recomiendo especialmente, otro costado del humo, el de la metafísica de Pessoa y su poema En la Tabaquería.

Sigo al humo como una ruta propia.
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia
de encontrarse indispuesto.


Acá mejor callarse, no se puede agregar nada a este poema, tampoco seré nunca como la caligrafía rápida de sus versos, quizás el alma sea de humo y cuando se ve así reflejada, se siente tan unida que ya no es necesario más.

¡Y me quedan todavía tantos ejemplos para verle al humo otro costado! Las esculturas de Giacometti, las pinturas de Turner (en especial Procesión de botes con humo en la lejanía, Venecia) la novela Niebla de Unamuno, la película El muelle entre las brumas de Carné,

Ya me siento mejor, no sé si a alguien más le pasa lo mismo. Todavía nos queda la obviedad de Smoke on the water de Deep Purple enganchada con Niebla del Riachuelo cantada por Rivero (¡voz de humo si las hay!).

Como diría el divino Oscar Wilde, que la realidad imite al arte. Verdad grande como un puño, aunque sea uno de los principios básicos del decadentismo estético.

Si si, todo cierra, como los accesos a la ciudad y este cielo sólido de un sábado de otoño. Como el humo que me meto en el cuerpo pa poder olvidarte.

Publicado en Leedor el 19-4-08

 

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Un maestro de escuela les relata todos los meses un cuento distinto y aleccionador a sus alumnos.


 
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