04 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina | Soy de Argentina
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Estaba la madre...

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Por: Susana Guzner | Publicado el: 04 de Febrero de 2012, Buenos Aires, Argentina
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ESTABA LA MADRE, PERO…

Susana Guzner*
www.susanaguzner.com

Imposible no asistir emocionalmente predispuesta al estreno americano de Estaba la madre (Stabat Mater, título de felicísimo hallazgo) ópera de Luis Bacalov, músico argentino de dilatada trayectoria y fama internacional y representada por primera vez en Roma en 2004. Por entre el público asistente al Teatro Argentino de La Plata la densa sensibilidad se palpaba con las manos y resbalaba por la piel como una lágrima mercurial y obstinada.
Las Madres de Plaza de Mayo constituyen, huelga decirlo, un testimonio transido, conmovedor, valeroso e inefable de trascendencia internacional. Me, te, nos sacude el alma en tanto grito pasado, presente y futuro preñado de memoria viva de un genocidio abominable, si es que ésta u otra palabra alcanza a definir el mayor drama finisecular de la historia argentina. La propuesta, pues, conlleva de antemano un profundo valor añadido que oprime la respiración desde el inicio.
Ópera en un acto con prólogo, siete escenas y un epílogo - libreto del mismo Bacalov en colaboración con Carlos Sesano y Sergio Bardotti -, cuenta con una sobria y eficaz puesta en escena del también argentino Carlos Branca, quien optó por una multifuncional estructura metálica para acoger las evoluciones de coristas y bailarines y telones practicables que acogen imágenes y textos reforzados por voces solistas, corales o en off. Escenografía y vestuarios asimismo simbólicamente frugales completan la puesta.
Sin embargo, estos prometedores condimentos no alcanzan a redondear una definición óptima, o al menos más próxima a lo que vamos conociendo como realidad. Diría que se trata de una crónica de sucesos exenta a la historia - la real y la de ficción -, sobrevolando y yuxtaponiendo retales de información veraz, bien es verdad, pero por momentos rudimentaria y hasta incierta, cuando no veladamente complaciente con determinados estamentos del Poder como la cúpula de la Iglesia Católica, quien sale bastante bien parada no obstante su inequívoca y aberrante connivencia con el eufemísticamente llamado “Proceso”.
Se me antoja que esta función es un diamante mal facetado. De los tres hilos que trenzan el argumento, las víctimas desaparecidas y buscadas con angustiosa desesperación por sus madres son un estudiante, un cura obrero y un joven judío que abre la primera secuencia en una intencionada referencia al holocausto hebreo.
Es inexcusable que todas las víctimas sean personajes masculinos, a excepción de la joven que en la escena final desciende ya muerta y es acogida en el regazo de su madre, Stabat Mater/dolorosa/juxta crucem lacrimosa. Este testimonio, una vez más – y van… - corre un tupido velo sobre las miles de mujeres que sufrieron en sus carnes la inhumana sinrazón de los verdugos. Solamente una escena donde se sugiere la violación de una muchacha a la par que varios uniformados, Itakas en mano, allanan, saquean y revientan archivos con manifiesta rudeza. Desdichada, o, con mayor propiedad, infamante equiparación entre una violación y los enseres violentados. Entre objetos estamos.
En la propuesta de Bacalov “desaparecen” por segunda vez las féminas que nunca más volvimos a ver, las torturadas que lograron escabullirse tras inenarrables tormentos, quienes yacen en el oscuro fango de Río de La Plata, las fusiladas a quemarropa, aquellas que parieron amordazadas con cesáreas a cuchillo y saqueadas de sus hijxs, el espanto de miles de mujeres, las más víctimas de todas las víctimas de cualquier guerra abierta o soterrada. Aquello que se calla no existe, y en Estaba la madre la inmolación femenina queda subsumida sin voz, rostro ni protagonismo a la eterna supremacía masculina. Lo varones batallan sus batallas, inventan patrias, flamean coloridos pendones, honran a sus mártires llorados por sus madres, veneran a sus héroes e inscriben sus nombres en el libro de la Posteridad. La guerra, ya se sabe, es cosa de hombres, y el mensaje subyacente en esta función no es una excepción a la regla.

Tampoco son particularmente felices las alusiones a los avatares del gran pueblo argentino, salud. “Algunos colaboraron/ algunos con las manos atadas/ante tanta vergüenza/renunciaron/algunos se exiliaron/algunos se esforzaron/para ejercer como pudieron”. Cierto. Imprescindible economía de libreto, otra pincelada al retrato global, también cierto. Pero esta cara del espanto es una herida abierta en la conciencia histórica y se echan en falta puntualizaciones más extensas, o, mejor aún, no mentar siquiera las intrincadas y confusas conductas de todo un país. Demasiado contenido para tan escueto continente.
Porque esta suerte de reportaje escrito desde la lejanía y la ausencia de vivencias personales entremezclando colaboradores con exiliados genera crueles chirridos en el sentimiento de quienes, con el aliento del lobo en su nuca, se arrojaron a una diáspora indeseada dejando atrás amores, pan, hogar y un cuarto, media, la vida entera. Un mensaje malévolo e ingratamente en triste consonancia con el latiguillo culpabilizante hacia lxs que “se rajaron”, las ratas sobrevivientes del barco tocado y hundido. Y un recordatorio innecesario para el pueblo paralizado por un silencio que aún hoy se reprocha amargamente, fruto del comprensible pánico o de la mera ignorancia de cuanto sucedía.

Como también roza la ofensa colectiva que en este genocidio operístico se obvie a tantísimas personas políticamente comprometidas que expusieron y se dejaron la vida durante el atroz período represivo que iniciaran en 1974 Isabel Perón y los asesinos de la Triple A y que los golpìstas militares prosiguieron, sistematizaron y perfeccionaron con siniestra precisión nazi.

Las tres Madres solistas que asumen el peso narrativo de su particular calvario interrelacionándose con coro y danza reiteran fraseos como “Me dijo que no tenía nada que ocultar”, “no está metido”, “¿cuál es su culpa, si nada ha hecho?” “No le interesaba la política”. En el diálogo que mantienen un Monseñor y la madre del cura obrero ésta dice: “Usted sabe muy bien que no es un terrorista ¿Por qué se lo llevaron? ¿Por enseñar el Evangelio?”. Peligroso, muy peligroso un enfoque tan maniqueo de la tragedia. Estas víctimas son ingenuas, inocentes y virginales, atónitas e ignorantes ante a la depravada furia de sus verdugos. No merecían tormento y muerte, nos dice Bacalov. Lógica perversa que coquetea funestamente con el ideario fascista por lo que implica su evidente contraparte: quienes se opusieron de palabra y acto a la barbarie merecían ser “debidamente” perseguidos, castigados, eliminados de la faz de la tierra a sangre y fuego ¿A qué me recuerda tal funesta ecuación?

El regusto amargo que provocan estos “peros” de grueso calibre ideológico son de difícil digestión, en tanto constituyen paradójicamente el germen de lo que se pretende denunciar con indudable buena intención.

En esta función con algunos aciertos teatrales innegables aunque básicamente tibia y distante, mucho más afín a Jesucristo Super Star que a una Tosca o un Otelo, la imprescindible cuota de apasionada vehemencia corrió a cargo del público. El día del estreno y ante el ¡Nunca Más! entonado a tutti por coro y solistas, el aforo se puso en pie antes del superfluo epílogo clamando a pleno pulmón los nombres de sus víctimas contrapunteados con un emocionado “¡Presente!”.
Fue la escena más verídica y estremecedora de Estaba la madre.



Susana Guzner es psicóloga y escritora. Autora de la novela La insensata geometría del amor, traducida a varios idiomas; Punto y aparte; Detectives BAM; 72 juegos para jugar con el espacio y el tiempo y Aquí pasa algo raro. Es asimismo coautora de Que suenen las olas y Mein Lesbisches Auge. Colabora con diversos medios y portales literarios, feministas y LGTB.


Gracias por las fotos, Diana Sansano, Fotógrafa de la Dirección Técnica del Teatro Argentino de La Plata!!



Publicado en Leedor el 12-11-2007

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