
Muchas de nosotras lo sabemos, muchas de nosotras- sino todas- hemos vivido- esos momentos de espera que se vuelven interminables. Increíbles y contradictorios, nos reciben sus discursos, los de ella, en la espera del compañero. Durante ese lapso de tiempo todo parece posible, desde un trágico accidente que termina en una amnesia irreversible, a la no menos funesta aparición de una ex.
A partir de aquí las escenas- que surgen como una suerte de alucinaciones-se suceden una tras otra, hiladas orgánicamente y signadas por la ya conocida impronta de Frenkel y la familiar estética de El Descueve.
Un par de tenistas descargan toda su ira contra una pelota; de repente sus gritos se vuelven divertidos, placenteros hasta alcanzar el indiscutido orgasmo, juntos, pero cada uno, por su lado. Una hermosa mujer vestida de colorado, una especie de mujer maravilla (¿por que no?) hace girar, enloquecida, una soga que, envuelta alrededor de su cuerpo, manipula como si fuera un látigo mortal. Ellos aterrorizados huyen a su paso… otros, se entregan y prefieren se llevados de la corbata por ellas, hasta que, en un determinado momento, se sienten ahogados, asfixiados por tanto amor.
Y esto es solo el principio. Ellas, de cuerpos esculturales, también se hallan encerradas, imposibilitadas de movimiento, luchando por liberase, o casi muertas, entes inexpresivos, manejables, por los hombres que, frente a su frustración, se encuentran mucho más divertidos y centrados.
Sus elementos, aquellos con los que ellas trabajan y que manipulan, se transforman y pasan de ser trapos de piso o bolsas de basura, a ser armas mortales- no es casual, de nuevo, que los objetos con los que deciden defenderse y agredir sean, justamente, aquellos a los que, de alguna manera, se las ha vinculado a lo largo de la historia.
La música es un elemento fundamental, inescindible, de la pieza; los ritmos cortantes, claros, marcan el transcurso de un episodio a otro, pero, sobre todo, caracteriza esta particular trama frente a la que nos situamos. La compañía de Frenkel- compuesta por chicos de remarcable juventud y vitalidad- se mueve de manera increíble a su ritmo, como poseídos, exponentes de aquello fundamental en todo espectáculo de danza: la música en el cuerpo.
Y justamente son los cuerpos, los de los 15 iguales- como en un momento iba a llamarse este trabajo en proceso- los que expresan, bosquejan, todas estas situaciones que de alocadas no tienen nada y lo tienen todo. Las energías que destilan pueden sentirse en el aire, la furia, la frustración, pero también el deseo y la felicidad.
Con una escenografía que es prácticamente inexistente, los fragmentos de estas alucinaciones, o ensueños, pueden plantearse de manera precisa en el, ya tan querido, ámbito del Espacio Callejón. Todo se halla pensado para que sean los cuerpos (el instrumento principal con el que cuenta el actor) los que lleven a cabo la puesta en escena de estos relatos tan agresivos y sensuales como cómicos.
Pura Cepa, evidencia la existencia de dos mundos completamente distintos.
Ellas, las que sobresalen, en número, en belleza, en la potencia de las energías que transmiten. Sus sueños, esperanzas, deseos, frustraciones e ira se hacen presentes y toman sus cuerpos, hasta tal punto que algunas parecieran completamente fuera de sí mismas.
Ellos, por su parte, se presentan más infantiles y relajados, disfrutando de lo que es, muchas veces, sólo parte de un juego.
Las risas son inevitables, quizás, porque es muy sencillo ver lo que yace debajo de las imágenes propuestas por Frenkel y su equipo. Detrás de los excesos y payasadas, la realidad es inminente, tan cierta como la ficción que se presenta. Imposible no sentirse identificado, imposible sentir que no se ha estado allí. Imposible no aludir a las relaciones en nuestra época, en este momento donde las mujeres pretenden el poder, donde los hombres deben huir, donde las expectativas vuelan de un lado hacia el otro, donde las pulsiones están a la orden del día.
Y, al mismo tiempo, es a través del humor, de la risa -esa incontenible que surge del propio vientre- que la soledad, la incomunicación, las frustraciones y el evidente desamor (sin mencionar la ya trillada batalla de los sexos) dejan de resultar pesadas cargas para devenir algo de lo que nos podemos reír y superar.
Pura Cepa trabaja con aquello que es lo más puro, lo más esencial del ser humano, aquello que lo hace lo que es y no otro. A través de retazos unidos de manera orgánica, la obra es un suerte de espejo que nos permite reírnos de nosotros mismos… reírnos a carcajadas.
Publicado en Leedor el 6-11-2007
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