
La situación es una conocida. La cocina subterránea de una restaurant, bar (lo que fuera) es escenario de escenas amorosas que de tan comunes parecen trilladas. Sin embargo, los platos de este menú cuentan con un condimento especial y, sobre todo, exótico en las relaciones actuales: una brutal cuota de sinceridad.
Característico de la dirección de Brienza, el espacio se halla claramente definido. Sobre una mesa de cocina (puede ser también una de disección, da lo mismo) se encuentran, atiborrados, todo tipo de frutas, verduras, frascos y frasquitos, utensilios de cocina, sin orden aparente, es aquí, alrededor de esta mesa que se configura el espacio.
Mientras un lacónico cocinero francés se debate entre las nostalgias de su patria y la búsqueda de su propio camino, aquella moza simpática y enamoradiza – porque no caricaturesca – le declara constantemente su amor. A su vez, ella se divide entre la repetición de sus propias declaraciones y la pesada tarea de rechazar una y otra vez al violento mozo, rival del cocinero.
La novia del dueño del local, tampoco privada de conflictos, entre histérica y culposa, se sitúa en medio del trío buscando, frenéticamente, maneras de llamar la atención de los otros tres, sin importar quién sea el que responda mientras obtenga respuesta.
Como en el menú de un restaurant, los personajes se enfrentan al dilema acerca de que es lo que quisieran ordenar; la salida, su salida: la total transparencia, la expresión indiscriminada de sus deseos. Pareciera que ninguno se reservara nada para sí mismos. Sin ningún tipo de filtro, las palabras que encarnan las frustraciones, necesidades y angustias vuelan de un lado a otro de la mesa. Lo remarcable es que esta necesidad de decir, que aparentemente habría afectado a los protagonistas- como si hubieran bebido un brebaje de la verdad- descubre sólo sus debilidades y falencias. Ellos terminan entonces enarbolando su elegida pequeñez como si esperaran ganar de esa manera alguna batalla que ni siquiera tiene lugar.
Galette surprise et son coulis de fruits rouge es una historia de amores frustrados, desencuentros y soledades, pero que se muestran desde otro lugar. Producto de un texto fresco y divertido, a pesar del tema abordado, y sostenido por un impecable manejo espacial donde se despliegan actuaciones tan precisas como ajustadas, la mezcla final no puede ser sino una pieza que hace agua la boca, con su ingrediente sorpresa, por supuesto.
Publicado en Leedor el 9-10-2007
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