
Las tortugas también vuelan
Por Elizabeth Motta
La reciente guerra entre EEUU y Irak por fin ha tomado lugar en la pantalla grande. En una coproducción iraní-iraquí, el director Bahman Ghobadi va a proceder como lo hacían los neorrealistas italianos luego de la Segunda Guerra Mundial: se va a dirigir adonde tuvieron lugar las últimas invasiones para contar una historia que se construye, sobre todo, con la realidad del espacio y sus habitantes. Sin embargo, sin intenciones de construir una verdad objetiva como ya lo habían intentado, con fracaso, los italianos en la década del ‘40, ha utilizado, como estos últimos, actores no profesionales, escenarios reales y la representación de un hecho histórico actual, el relato va a construir su realismo, sobre todo, a partir de una elaborada construcción ficcional. El resultado obtenido es un impacto emocional de enorme caudal, ya que el espectador logra adquirir una fuerte sensación de cotidianeidad y a la vez de gran dramaticidad frente a un contexto que le es totalmente ajeno.
Las primeras imágenes del film, donde vemos a una niña a punto de suicidarse, parecieran desde ya iluminar el extraño título que inmediatamente después aparece en la pantalla, dejando inconcluso el acto fatal: Las tortugas también vuelan. Esta afirmación no resulta mucho mas insólita que la imagen previa, frente a la que no podemos más que plantearnos una cuestión que habremos de responder mas adelante, durante el transcurso del film: ¿cómo es posible que un niño llegue a la necesidad de suicidarse? (¿cómo es posible que las tortugas vuelen?).
En el pueblo de refugiados los niños organizan sus vidas alrededor de la supervivencia. Las bombas antipersonales que invaden el espacio regional son cosa de todos los días. Más que una amenaza, se han convertido en un trabajo fijo para los niños que, desarmándolas cuidadosamente, podrán adquirir algún dinero por su venta. Porque en un contexto de guerra, la infancia pierde existencia para dar lugar a la vida adulta, reemplazando el juego por el trabajo. Lo único que expresa su corta edad no es nada más que su pequeño cuerpo, que ya ha sido ultrajado, mutilado. Los actores de la película son niños que vivieron la guerra del 2003, habitantes de un pueblo del Kurdistán (en la frontera entre Irak y Marruecos y donde toma lugar el film) y fueron bien entrenados por el director para la filmación de una historia ficcional sobre sus vidas. Estos pequeños han logrado una actuación totalmente verídica y dramática, y han representado muy bien a sus personajes, construyendo un relato transparente, contado con un humor bastante desgarrador. Ahora bien, esta veracidad en la representación funciona como un texto paralelo a aquella historia que se cuenta por sí sola con la realidad de sus cuerpos, la mayoría de ellos sin brazos o piernas, que imponen un realismo mucho mas directo que los escenarios naturales mismos. Aquí la ficción adquiere toda la carga de la realidad, y es gracias a este recurso que el espectador recibe el drama como un cachetazo.
El efecto logrado es similar al propuesto por Rosellini en Roma, ciudad abierta (1944-45), sobre todo en la famosa escena de Ana Magnani corriendo el camión y la trágica caída, escena narrada con un decoupage de varios planos desde diversos ángulos que no hacen más que transmitir el hecho con enorme carga dramática. En el film de Ghobadi se logra un efecto similar, pero el drama lo construye explotando el recurso del suspense, sobre todo en la escena en que el bebé se encuentra situado en el medio de un campo de minas activas que, con un mínimo movimiento, pueden explotar. La clave en ambos films es, en primer lugar, transmitir el horroroso contexto con aire de cotidianeidad (una ciudad en ruinas por los bombardeos, o un pueblo donde los niños lisiados y las bombas son algo común), para golpear con la fuerza dramática de una escena ficcional, como si se tirara una bomba que pareciera explotar en la sala. De esta manera llegamos a obtener una respuesta perceptiva sobre el horror de la guerra, y llegamos a responder a esa pregunta planteada al inicio con fuertes escalofríos mas que con palabras, justo en el momento que llegamos a comprender el suicidio de un niño.
Publicado en Leedor el 1-06-2006
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