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Los justos

Alezzo se anima en Los Justos a un Camus descarnado, vital y contradictorio.

“El verano, Yanek, ¿Recuerdas? Pero no, es el eterno invierno. No somos de este mundo, somos justos. Hay un calor que no es para nosotros. ¡Ay, piedad para los justos!”

Nada fácil embarcarse en la titánica tarea de dar cuerpo a una intelectualidad tortuosa y apasionada como la de Albert Camus. Después de muchos años de búsquedas, Agustín Alezzo se anima con buenos resultados a llevar a escena Los Justos, que fue estrenada en París en 1949, dos años antes de la aparición de El Hombre Rebelde, aquel ensayo que le diera entidad filosófica a este texto descarnado, vital, contradictorio, que se hace eco de la lucha moral que rigió la vida del brillante filósofo francés. Esta nueva versión vernácula nos enfrenta a interrogantes de ayer que resuenan con nuevo impulso en un mundo que, a pesar de denodados esfuerzos, lucha inquebrantable y buenas intenciones (y acciones), sigue siendo igual de injusto, igual de egoísta, igual de pavoroso.

Dice Camus en el capítulo III del mencionado ensayo: “La libertad está en el principio de todas las revoluciones. Sin ella, la justicia parece inimaginable a los rebeldes. Sin embargo, llega un tiempo en que la justicia exige la suspensión de la libertad. El terror, pequeño o grande, viene entonces a coronar la revolución. Cada rebelión es nostalgia de inocencia y apelación al ser. Pero la nostalgia toma un día las armas y asume la culpabilidad total, es decir, el asesinato y la violencia.” Sus palabras encierran la encrucijada que atravesarán los jóvenes protagonistas de nuestra historia: en 1905, en plena Rusia Zarista, una célula terrorista planea asesinar al Duque Sergio en pos de terminar con el despotismo (sí, se basa en un hecho real, antecedente de La Revolución de 1917 pero no se trata de una obra histórica sino más bien de un tratado profundamente humano que ahonda en una disquisición moral) pero, llegado el momento, uno de sus integrantes, Yanek (Nicolás Dominici), no logra hacerlo porque en el carruaje del duque viajan también sus dos pequeños sobrinos. A partir de ese momento comienza un juego dialéctico (más que discusión) entre los personajes que sacará a flote preguntas a las que quizá todavía no les hayamos podido encontrar respuestas: ¿Cuáles son los límites de una rebelión? ¿La justicia justifica los medios? ¿Está permitido, y a la vez justificado, sacrificar vidas humanos en nombre de un ideal? ¿Se puede ser revolucionario y asesino? ¿La muerte redime toda culpa?
Con una puesta sumamente austera, la mano hábil de Alezzo logra concentrar la atención en los vínculos que se establecen entre los personajes, tan correcta y bellamente delineados que casi podemos sentir la opresión que los abruma, la tensión con la que miden cada gesto, cada palabra, las dudas que los corroen y la pasión que los deja ciegos y los obliga a actuar. Es notable como cada personaje va virando hacia otro estado que desestabiliza o cuestiona su “yo revolucionario” porque lo que aparece es el ser humano con sus sentimientos más profundos: el miedo, el amor, el odio, la tristeza, la venganza, la piedad, la iracundia y (¿Por qué no?) la poesía como expresión sublime del ser y del sentir. Aunque finalmente la causa los absorba, lo humano sigue ahí, flotando en el aire y alimentando la esperanza.

A pesar de estar centrada en el desarrollo de las ideas, ese devenir de los personajes le permite a la puesta lograr algunos momentos de conmoción y otros de sincera emoción, sobre todo en las interacciones entre Dora ( Antonella Scattolini), la mujer que prepara las bombas, y Yanek que se debaten entre la posibilidad de vivir el amor y la obligación de ser justos; o en el enfrentamiento entre Stepan (Julián Caisson) y Yanek como representantes de dos modos de actuar bien diferenciados (¿Qué vale, más la acción radicalizada o los límites que no impone el honor?).

Los justos no es una obra fácil, tiene una complejidad de ideas que, si no se capta la atención del espectador con actuaciones convincentes que le den verdad al texto en toda su densidad dramática, corre el riesgo de morir en el intento. No es este el caso ya que durante casi dos horas se nos mantiene en vilo preguntándonos por aquellas luchas y aquellos vencidos, por la vigencia de un pensamiento que sigue vivo y por el posible lugar que existe hoy para el humanismo y para intelectuales como Camus o Sartre.

Una vez le preguntaron a Albert Camus por qué hacía teatro y él respondió que el escenario era uno de esos lugares en el mundo que lo hacían feliz, en tiempos en los que la felicidad tenía bastante mala fama y la gente se escondía para ejercerla. En el hecho teatral encontraba, creo, eso que encontramos todos (los que lo hacen, los que lo vemos y disfrutamos): la posibilidad de conectar con lo más frágil de su existencia, con el hombre, vital y desgarrado. Los justos también transita por esos arduos caminos.

Publicado en Leedor el 13-08-2012




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