(5825) He nacido para verte sonreir , Santiago Loza

He nacido para verte sonreir

Un diamante en bruto al que no se animaron a pulirle el dolor urgente. Verdadera joya del Festival de Rafaela que se puede ver los martes en Buenos Aires. Ya he declarado en otra oportunidad que envidio profundamente a Santiago Loza. Nada del amor me produce envidia pero que alguien escriba tan maravillosamente bien, un poco sí. Y Loza lo hizo otra vez. He nacido para verte sonreír es un diamante en bruto al que no se animaron a pulirle el dolor urgente, la fragilidad ni la desesperanza de querer entrar en el otro sin resultado posible, es una muestra de que el teatro vive y sigue validando su existencia porque no es nunca sólo entretenimiento, es siempre otra cosa, una maravillosa pulsión de vida o muerte, ganas de reír, llorar, escaparse o conectarse con la realidad de mil modos y con motivos diferentes.

He nacido para verte sonreír es un golpe bajo: una mujer intenta despedirse de su hijo que ha corrido hacia la locura, intenta alcanzarlo, abrazarlo a través de un discurso infinito pero insuficiente (Es increíble que Loza sea capaz de lograr también eso: te provoca la sensación de que las palabras son hermosas, dulces pero a la vez poca cosa). Pronto partirá nuevamente hacia una internación pero la partida del cuerpo sabe menos dolorosa que la anterior; no-ser-en-la-realidad, ser inasible, no-ser-en-el-otro es no ser en absoluto. La realidad (¿Qué es la realidad? ¿Sólo lo tangible? ¿Una palabra? ¿Un abrazo? ¿Una mirada perdida?) se escabulle de la habitación depurada, blanca, aséptica del hijo y ambos personajes se sostienen sólo en el discurso de la madre que habla por los dos y que intenta apresar todo lo real en un recuerdo de la infancia, en la posibilidad del amor filial, en un sueño improbable o en la remembranza de un reto a la servidumbre. Nada es suficiente porque el hijo se ha sustraído a la palabra, su cuerpo habla pero se niega a decir. Entonces lo que queda es silencio, falta y vacío. Es un golpe bajo no tanto por su tema sino más bien porque deja al espectador al descubierto, solo en una sala llena de gente, tratando de huir (sí, él también) del dolor y de la posibilidad latente de la demencia.

“Yo soy todos los detalles” (creo que voy a usar esta frase de la costurera cada vez que hable de Santiago Loza, perdón) define la impronta de este proyecto. La mano cariñosa de Lisandro Rodríguez ha sabido cuidar un material sensible y profundo que carece de flaquezas y demoras. Las sólidas actuaciones de Luz Palazón (que despliega todo eso que la hace una gran actriz: su palabra, su elocuencia, sus movimientos en escena) y Martín Shanly (con sus miradas y sus pequeños grandes gestos) nos van metiendo en la densidad de la obra, en toda su oscuridad, de un modo casi imperceptible, de modo que al final de la función sólo podemos sentirnos devastados, hundidos (más que tocados) pero también emocionados desde las entrañas porque nos demuestran que hay belleza en todos lados, que uno la puede encontrar si quiere también en la pesadumbre, en la mugre o en el infierno.

El texto está cargado de símbolos y contraposiciones de opuestos (luz-oscuridad limpio-sucio, calor-frío, locura-realidad) que serían un festín para los psicólogos pero nada de eso nos importa porque lo realmente singular de la obra es como la puesta en escena se mimetiza con las palabras y en el blanco inmaculado de la habitación vemos también la limpieza de las toallas que la madre menciona y en el barro que se va formando en el piso vemos también la mugre del colchón. Limpiar para tapar la locura, iluminar para esconder la oscuridad, contar un instante para desvanecer un pasado (¿Cómo se llega a la locura? ¿Quién está verdaderamente loco?).

En un espacio muy diferente al que están acostumbrados (la pequeña sala del Elefante Club de Teatro), con dos funciones y más de trescientos espectadores, He nacido para verte sonreír se perfila como una de las joyitas de esta edición del festival e Rafaela porque resulta un deleite de esa poesía a la que Loza nos tiene acostumbrados, hechas de retazos cotidianos, de la mugre escondida bajo la alfombra que es (en esa reconversión lírica tan bien lograda) igualmente bella y encantadora. Cuando la incertidumbre se dice de forma tan magistral lo único que nos queda después es el respeto a los artistas y un profundo silencio agradecido.

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Publicado en Leedor el 21-07-2012




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