(5336) En el campo,

En el campo

Una obra desvastadora escrita con maestría por Martín Crimp.En el campo

Un triángulo amoroso, conformado por un médico, su esposa, quienes han decidido vivir con sus hijos una nueva vida en el campo, y una joven estudiante de historia. Este eje narrativo, el de los triángulos amorosos, ha sido por supuesto enormemente transitado por la dramaturgia tanto clásica como contemporánea. Pero el plus de sentido que aporta esta notable obra de Martin Crimp se encuentra vinculado con la filosa disección que hace de las relaciones entre las personas. Porque, más que sobre el desamor, el gran tema de la obra es el de la inmensa soledad que porta cada uno de sus personajes y la imposibilidad de establecer puentes de empatía entre ellos.

En ese sentido esta obra es profundamente devastadora, no deja nada en pie: no puede haber contacto alguno, real, duradero, emocionalmente sustentable entre sus criaturas. Lo único que existe, lo que pervive, es el parecer antes que el ser, el fingir por sobre la intensidad de los sentimientos “reales”.

La obra construye esta tesis con un ritmo vertiginoso que no decae jamás, dado fundamentalmente por la maestría de Crimp en la ejecución de los diálogos, conformando una suerte de estética naturalista extrañada, y por la calidad de la actuaciones y de las decisiones de puesta en escena de Cristan Drut, quien ha demostrado una notable comprensión del sentido profundo de esta pieza. El supuesto conflicto entre la vida en el campo y en la ciudad se revela como una instancia fútil, porque nuestros demonios internos nos perseguirán adonde decidamos ir.

Si en Casa de Muñecas, Nora buscaba su liberación al dejar su hogar burgués, la obra de Crimp, más de un siglo después, parece decirnos que hay ningún lugar al que ir, no existen sentimientos verdaderos a los que acceder, ni que podamos reencontrar en nuestro interior, sino que la vida cotidiana se encuentra cubierta por una pátina gris conformada por apariencia, buenos modales y educación.

Un barniz que apenas lo rasgamos, se muestra como lo que es: una cáscara vacía y sucia, que en lugar de la felicidad burguesa, sólo puede portar en sí misma el olor a putrefacción de los cementerios.

Publicado en Leedor el 12-03-2012




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