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Los artificios retóricos

Aunque a muchos les cueste comprenderlo, en este mundo de signos, todos somos lectores. Nos tratan como a seres inmediatos, planos, sin posibilidad de interpretaciones.

Aprendí a leer y en el proceso me sorprendió la cantidad de letreros callejeros que se volvieron inteligibles. Una lluvia de significantes y significados en luminosos carteles que en sincrónica alternancia develaban meros nombres propios. Una semántica denotativa, sin connotaciones, sin más allá y que era una pura expresión del proceso de alfabetización. El entrenamiento se volvió frenético, todo era leído en voz alta. Imagino la evolución de la paciencia de los adultos. De la ternura al hartazgo. A partir de ese momento, toda letra, toda frase con la que se toparon mis ojos, adquirieron un sentido, aunque sea fonológico.

Desde allí pegué un salto a las historias, a las narraciones extraordinarias, a la literatura que atrae a un niño en el borde de la pubertad. Diarios, periódicos, revistas, libros. No había Internet. Qué lástima. En lo más alto del ranking convivían las historietas con los cuentos más clásicos de Poe, Quiroga, Bierce, algunas novelas y ciencia ficción. A la par corría la educación formal del final del primario y de principios del secundario. Todo en textos. El cine traía nuevos desafíos que implicaban aprender a leer en silencio y a gran velocidad. Cada nueva película era un paso más en la lectura inconsciente y holística.

La adolescencia indagó en nuevas formas literarias, poesía, filosofía y política. No entendía nada pero seguía leyendo. A veces sólo atraído por la sincronización de letras, una filiografía o amor por los signos. Otra veces por los sonidos con mínimos sentidos. Música en las sílabas y ritmo en las oraciones. De Rimbaud a Bukowski, de Ingenieros a Bakunim. Recuerdo cuando murió Borges, en 1986 y la versión breve de Límites se me grabó en la memoria. Ultima etapa antes del ingreso en la lectura adulta.

En la facultad las exigencias impulsaron la velocidad y la lectura se multiplicó en cantidad y comprensión. Polifonías, ironías y todo un cúmulo de recursos tanto de forma como de contenido fueron moldeando una cierta capacidad para leer entre líneas, más allá del mero texto. Simple entrenamiento basado en la simple y sencilla ecuación de horas / silla.

Tantos años de educación formal e informal, tantos años de práctica de literatura hedonista más aquella obligatoria me prepararon para ser un obediente televidente sonriente. Con la libertad en el control remoto como dice la propaganda televisiva.

El monopolio y sus cipayos. ¡Y que vivan la reminiscencias de Jauretche!. Bombardeo constante de reiteradas mentiras. Los seguidores de Goebbels nos atormentan con sus iteraciones, con sus repetidas contradicciones. – ¡No hay libertad de expresión! Sostienen, sin que la cara se les caiga de vergüenza y el discurso se desvanezca en un Ex contradictione quodlibet.

Sabemos desde Bajtin que no hay discurso sin ideologías, sin prácticas sociales, sin una elección política. Un coro de ideas y condicionamientos fluye a través de nuestras palabras. Debajo de la alfombra aflora la mugre de quien dice no tener preferencias ideológicas. En el placard de Clarín se esconden los secuestrados del Papel Prensa y los hijos silenciados.

Sigo aprendiendo a leer. Cada día repito el ritual de interpretar toda letra que se cruza con mis ojos. Como yo hay miles. Todos somos lectores. Sin embargo parece que a algunos les cuesta comprender aquello. Nos tratan como a seres inmediatos, planos, sin posibilidad de interpretaciones más allá del puro signo. Sólo imágenes acústicas, una mitad saussuriana. Insisten en utilizar sus primeras planas, sus zócalos televisivos como meros artificios retóricos.

Publicado en Leedor el 20-10-2009




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