(5255) La fiesta del Chivo, Vargas Llosa, Trujillo, Dominicana, Literatura latinoamericana

La fiesta del Chivo

Una especial lectura de estqa novela de Vargas Llosa que integra el grupo de las llamadas “novelas de dictador”.La fiesta del Chivo
Mario Vargas Llosa
(Alfaguara, 2008, 443 págs.)

La fiesta del Chivo (2000) de Mario Vargas Llosa integra el grupo de las llamadas “novelas de dictador”. En este caso, asistimos a una descarnada presentación de los treinta y un años del gobierno de Rafael Leónidas Trujillo, que dirigió la República Dominicana desde 1930 a 1961, ya sea como presidente o valiéndose de presidentes títeres. El texto del autor peruano completa así la lista de otras novelas que tienen como tema el abuso del poder, como El Señor Presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, Yo el Supremo (1974) de Augusto Roa Bastos o El Otoño del Patriarca (1975) de Gabriel García Márquez, entre otras.

Si bien la mayoría de los personajes o de los hechos narrados por Vargas Llosa tienen su correlato en la realidad, cabe preguntarse si es una novela histórica, e incluso conviene plantearse la posibilidad de esta categoría. Es verdad que La fiesta del Chivo se apoya en una paciente labor de investigación sobre la “Era de Trujillo”. El propio autor confiesa que fueron más de tres años de documentación, pero también él nos dice que para mostrar toda la complejidad de los hechos históricos se valió de recursos literarios, los que dan como resultado una obra que se sumerge en las contradicciones de la historia y, de esta manera, aumenta su credibilidad. Juan José Saer es uno de los que cuestiona la existencia de novelas históricas, entendidas como la reconstrucción de una época determinada, porque “no se reconstruye ningún pasado sino que simplemente se construye una visión del pasado, cierta imagen o idea del pasado que es propia del observador y que no corresponde a ningún hecho histórico preciso”.

Entonces, lo que hace un texto literario es partir de la historia y transformarla en relato. Esta transformación se produce a partir del trabajo con el narrador, el tiempo, el espacio y la presentación de los personajes.

El narrador es una pieza importante dentro de La fiesta del Chivo. Hay una tercera persona omnisciente que cuenta, pero también hay un narrador en segunda persona que representa la voz de la conciencia que les habla a los personajes. Así conocemos sus sentimientos y sus motivaciones más secretas.

Este narrador, además, nos adelanta algunos hechos y esto, lejos de quitarle interés a lo que sigue en la novela, le imprime más dramatismo, como por ejemplo cuando nos refiere que a Puppo Román, uno de los generales involucrados en el atentado a Trujillo, le quedan cuatro meses y medio de una vida que será una pesadilla.

Hay asimismo una exploración de los puntos de vista. El relato va y viene sobre los mismos acontecimientos; si bien la cronología sostiene la narración y la hace avanzar, también se cuenta más de una vez el mismo hecho, aunque a través de la mirada de varios personajes. Esta incorporación del punto de vista nos da una perspectiva más completa de la historia y le confiere al suceso desnudo una dimensión humana que conmueve e involucra al lector. La muerte de Trujillo, los preparativos del atentado, la relación del dictador con los personajes se cuentan con una visión variable y múltiple. Lo que para un personaje es poco importante, para otro es definitorio en su vida, y así el lector comprende un poco más los hechos a medida que avanza la novela.

En cuanto al tiempo, este también recibe un tratamiento interesante. Hay un presente que es el relato de Urania Cabral que vuelve a la República Dominicana treinta y cinco años después de haber dejado el país luego de una situación que permanece oculta para el lector a lo largo de casi toda la novela, pero que va mostrando indicios más que perturbadores. Urania regresa a visitar a su padre, Agustín Cabral, apodado “Cerebrito”, colaborador cercano del Jefe en el pasado, y ahora inválido en una cama dependiendo del cuidado de otros.

Alternativamente, se cuenta la espera de los conspiradores que planearon el atentado a Trujillo y lo que ocurre en los meses siguientes a su muerte. El 30 de mayo de 1961 el Turco Imbert, Amadito, Antonio de la Maza, el general Juan Tomás Díaz, Pedro Livio, Roberto Pastoriza y Huáscar Tejeda esperan una hora y un poco más que aparezca el auto del dictador para acribillarlo a balazos. En este tiempo breve, el relato condensa, a través de las analepsis, no solo las historias personales de estos hombres, sino también los treinta y un años de atropellos y vejaciones a los que fue sometido el pueblo dominicano.

Una tercera línea se instala en la propia voz y en la conciencia del Chivo y en la ambigua relación que establece con sus colaboradores más cercanos, entre ellos, el jefe del temido Servicio de Inteligencia Militar (SIM) Johnny Abbes; el senador Henry Chirinos, el presidente títere Joaquín Balaguer, experto en artimañas jurídico-constitucionales; el ministro de las Fuerzas Armadas, general José René Román, y el presidente del Senado, Agustín Cabral.

Estas tres líneas narrativas se entrelazan a través de un procedimiento recurrente: uno de los personajes recuerda algún hecho del pasado e, inmediatamente, se reproducen los diálogos de los protagonistas. De este modo, la narración se torna más ágil y se presenta un entrecruzamiento entre ficción, política, memoria y dimensión humana, que conmueve. La historia se construye más que mostrarse objetivamente.

En cuanto a la configuración del espacio, este se presenta como una proyección de los personajes y de sus vivencias. Las famosas cárceles La Cuarenta o El Nueve son todo un símbolo de las torturas y del sometimiento del régimen a los dominicanos. Las descripciones de estos dos ámbitos abundan en imágenes relacionadas con los excrementos para mostrar que allí los hombres están reducidos a una dimensión en la que su humanidad casi desaparece. La Casa de Caoba, residencia de Trujillo, es otro símbolo. En esta, en medio de un entorno más elegante, también se cometen atropellos y violaciones. Por último, el espacio también aparece metaforizado como en la descripción de la Base aérea de San Isidro en la que un charco de aguas servidas indigna al propio dictador porque denota “una institución anegada por aguas putrefactas y alimañas”, lo que paradójicamente se acerca a la realidad.

Asimismo, la creación de los personajes merece un apartado especial. Todos, en mayor o en menor medida, responden a sus papeles en la historia, pero en ellos se busca, sobre todo, mostrar el porqué de sus acciones y de sus decisiones. La novela no sería lo que es si solo se hubiera quedado en la crónica de un momento histórico. La interioridad de los personajes los humaniza, el dolor los enriquece y sus vacilaciones los acercan a cualquiera de nosotros.

Los hijos de Trujillo, Ramfis y Radhamés, antítesis de su padre, derrochadores, ineptos, inestables emocionalmente; los hermanos del dictador, Negro, Petán, Pipi y Aníbal, parásitos y zánganos; el poco presentable Henry Chirinos, El Constitucionalista beodo; Agustín Cabral, cuya vida solo tiene sentido si está junto al Jefe, y a él entregará lo que sea; la ambiciosa y avara esposa de Trujillo, La Prestante Dama; Balaguer, el presidente títere, que se agigante con la muerte del dictador; Manuel Alfonso, el despreciable playboy que asesora a Trujillo en cuestiones de vestimenta y de mujeres; Puppo Román, general que forma parte de la conspiración, pero que no sabe cómo actuar cuando muere el Benefactor; los conspiradores que se mueven entre la admiración pasada a Trujillo y el odio presente; Urania, una mujer marcada por un hecho terrible y sin sentido del pasado; y Johnny Abbes, el encargado de “meter la mano en la mierda” para sostener los treinta y un años de dictadura; estos y muchos más son los personajes que muestran todas las posibles variantes humanas de una sociedad sometida a una larga dictadura.

Finalmente, Trujillo, el dictador, el Jefe, el Benefactor, es una creación genial de Vargas Llosa. Es el Chivo, el macho cabrío, el hombre que no suda, el que “podía hacer que los panes se multiplicaran si le daba en los cojones”, el que moderniza el país, pero también el hombre cruel y cínico que gusta tener relaciones sexuales con niñas vírgenes. Es amado y venerado por el pueblo al que mantiene contento con dádivas que someten al Estado a un despilfarro que ya, en los últimos años, no se puede sostener. La novela muestra su plenitud y su caída que no solo es una caída política, sino también física: en sus últimos años es un hombre que sufre de la próstata y con furia ve cómo también decae su potencia sexual.

Sin dudas, el lector descubrirá mucho más en la lectura de La fiesta del Chivo y encontrará en cada una de sus páginas un personaje o un hecho que le mostrará no solo la historia de un dictador, sino lo que pasa con todos los seres humanos cuando se les quita eso que los define: el libre albedrío.

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Publicado en Leedor el 25-2-2012




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