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De Maizani a Villamil
Por Abel Posadas
De Azucena Maizani a Soledad Villamil o el retro no muere nunca. |
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En "Memoria del cielo y del infierno", apenas una página y media, Silvina Ocampo menciona una serie de curiosos artefactos a descubrir en el más allá.
Mucho más acá de ese más allá hay una cantidad de antigüedades que se han puesto de moda para el consumo de hogares supuestamente elegantes. Desde antiguas máquinas de coser cuyo esqueleto sirve para propósitos que ni Marta Minujín imaginara, hasta valientes heladeritas de madera que alojaban al hielo.
Entre esas antigüedades hay una que nos trae el recuerdo de los viejos discos de pasta de 78 rpm. Se trata de una ranchera de Azucena Maizani y J.B. Reyes que fuera grabada por su letrista en 1928. Su título es Remigio y Soledad Villamil -entre muchas otras- la ha elegido como caballito de batalla de un espectáculo ya conocido y luego grabara en un CD.
Maizani pertenece a la generación de nuestros abuelos y Villamil casi a la de nuestros hijos -si tuviera unos años menos-. Maizani no poseía una voz que nos deleitara en exceso y como actriz era algo impresentable. En cambio Villamil, si está bien dirigida, se impone como intérprete.
No comprendimos en un comienzo el tono algo irónico de Héctor Larrea al incluir la grabación de Villamil en uno de sus programas radiales. Nos pareció que no le interesaba y no sabíamos el por qué. Ocurre que hace muy poco prestamos atención a la voz de la joven morocha cantando el tema arriba mencionado. Y entendimos a Larrea aunque, tal vez, sus motivos para la burla son distintos a los nuestros. Existe una fuerte tendencia en el postmodernismo argentino -y en el mundial- a resucitar viejos monstruos con la esperanza de que continúen asustando. En este caso, se trata de una puesta al día de una jocosa ocurrencia de Maizani para que prosiga despertando sonrisas. Otras cancionistas también la han incluido en su repertorio y los resultados han sido algo descafeinados, light, diet. Tal vez la palabra adecuada sea desangelados.
En algún momento de la primera mitad de los años 70, una revista para ejecutivos recomendaba el alquiler en 16 mm de las películas de los Cinco Grandes del Buen Humor para divertirse. En verdad, no iban a reírse de aquel conjunto sino más bien del público que los había consumido. La ingenua picardía que posee la letra de Remigio solicita de una cantante ciertas inflexiones de voz que sugieran lo que ocurrió cuando aquel beso, allá en el maizal. Ni Soledad Villamil ni sus hermanas del diván psicoanalítico las poseen. Y suponemos que el público que consume los restos delivery de un pasado ya remoto se burla de manera pseusofisticada de la letra, ya que es imposible hacerlo de la monotonía con que se encaran ahora estas canciones. En algunos casos, ay, traen a la mente las remakes de Enrique Carreras.
Cuando la Editorial Planeta lanzó al mercado una colección de videos, los de más éxito no fueron los clásicos de Hitchcock sino los westerns de cualquier categoría que compraban los sexagenarios de las otrora gloriosas matinés de los cines de barrio. Esto es diferente. Cada generación tiene su propio universo simbólico y, tal vez por eso mismo, el canal Volver no carece de adherentes, aún cuando también lo del año pasado vaya a parar a sus espacios de cine.
La emisora de FM Cultura Musical suele deleitarnos con viejas tomas del siglo XX. Escuchar una sinfonía de Sibelius grabada en el Berlín de 1942 no deja de llamarnos la atención. Reconocemos que las orquestaciones corresponden a otro momento de la historia pero queremos saber, nos interesa sobremanera conocer de qué modo pudo haber recibido esa composición un público que se hallaba en plena guerra. Vamos a otro ejemplo: Martha Argerich no quiere parecerse a Rubinstein. Es ella y es única, del mismo modo que Arthur Rubinstein lo fue, único e irrepetible. Si Cultura Musical nos vuelve curiosos, Amadeus, en cambio, nos pone en contacto con una cierta banalización de la denominada música clásica. En Amadeus hay mucha Soledad Villamil ejecutando -literalmente- a Chopin, aunque de vez en cuando se olviden del posmodernismo americano y brinden algo valioso.
No es que seamos furiosamente modernos. Simplemente, nos molesta la liviandad del postmodernismo, las máquinas de coser y las heladeras a hielo utilizadas como contrapartida de objetos extremadamente caros que otorgan el verdadero relieve a una habitación. En aquella "Memoria del cielo" y del infierno, al enumerar los objetos, Silvina Ocampo jamás hubiera imaginado que ese desfile iba a estar al alcance de quienes doblaron el codo del siglo XX para internarse por el pintoresco desfile del siglo XXI. Es lo que hay, nos dicen los más jóvenes mientras buscan qué reciclar. La pregunta que cabe hacer aquí es la siguiente ¿no existe la posibilidad de ser auténticamente originales desde el postmodernismo? ¿Hay un vacío absoluto en el campo de la creatividad? No, no es cierto.
Podemos crear a partir de lo que nos rodea sin necesidad de recurrir a un pasado que pertenece más bien a los estudios culturales o a la antropología pero de ninguna manera al mundo del arte de este siglo en cualquiera de sus variables. Nos interese o no, hay línea que atraviesa un territorio que incluye desde Harold Pinter o Joe Orton a León Gieco o Dacia Maraini. La globalización es nada más que una excusa cómoda para no verse comprometidos con una realidad de la que necesitamos huir. Villamil no tiene necesidad de bajar del paraíso a Maizani para entretener a un público que paga la entrada o compra un CD. Claro que si éste es el objetivo, hacen falta creadores que pongan letra y música para una voz.
Publicado en Leedor el 3-12-2008
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